Capítulo 1. Caprichos

jueves, 30 de agosto de 2012

La guerra aun no terminaba. En las afueras de la ciudad era normal que los toques de queda comenzaran unos minutos antes de que se ocultara el sol. Las noticias sobre la auto-extradición del presidente Juárez se escuchaba como el acto de cobardía más grande que un "mandatario" podría hacer. Sin embargo también las noticias de los emperadores no era lo que los conservadores esperaban: El emperador Maximiliano se encontraba visitando a los indígenas y la emperatriz Carlota estaba ordenando desde el castillo de Chapultepec.

México se encontraba de cabeza. Nadie sabía para donde voltear, nadie sabía de quién cuidarse la espalda.

A pesar de ello aun había quien encontraba en los libros, en los sueños y en la ilusión la escapatoria para ese mundo sin esperanza, sin destino ni futuro.

Justo en ese momento desembarcó del puerto de Veracruz una joven que creía justo en lo que leía: el amor, la esperanza y el romance. Aunque ella tenía muy claro que ese tipo de cosas eran las que tendría que ir encontrando en su matrimonio, el amor no llegaba a la vida de nadie sólo porque si.

La mujer vestía de una forma ligera para las costumbres de los españoles, pero bastante pesada a comparación de los lugareños que caminaban como si fueran a la sombra. Tomó el primer carruaje que ya la esperaba frente al barco, sin dejar de agitar nunca su abanico. El calor en ese puerto era insoportable.

Ahí mismo ya la estaban esperando unos hombres vestidos de militares que al reconocerla la escoltaron al lugar en que su capitán la estaba esperando. La mujer bajó tratando de quitarse la mantilla que cubría su cabeza. No entendía cómo podía haber gente viviendo en un lugar tan parecido al mismo infierno.

Entró a la pequeña taberna que estaba aun más cálida que el exterior, tomó un pañuelo de su bolsa de mano y se quitó el sudor de la frente. Trató de retomar la postura, aunque no pudo. En eso un hombre mayor que portaba el traje de capitán con grandes condecoraciones se puso de pie inmediatamente al verla entrar, le tomó la mano y la besó. Ella, no muy a gusto por lo incómoda que se sentía, accedió.

- Mi bella dama, no sabe el placer que es volverla a ver por fin.
- Capitán Carrillo, de verdad deseo poder deciros lo mismo, pero con este infierno, lo único que deseo es marcharme de este lugar.
- ¡Claro! Perdone mi desconsideración, pero por ahora el puerto de Veracruz es el más seguro que tenemos.
- Por lo que he escuchado, es el único que tienen.
- Más bien, es el único que tiene un camino directo a la Ciudad de México.
- ¡Por mi que vaya a Sevilla! - exclamó desesperada - Lo que quiero es que partamos.
- Por supuesto, tenemos el tiempo exacto para llegar seguros a Puebla de los Ángeles.
- ¿No dará tiempo de llegar hasta la Ciudad?
- Desgraciadamente no. Más oscuro y no podré asegurarle que no encontremos bandidos. Acompáñeme. - Tomó su mano y la llevó de vuelta al carruaje.

La mujer se sentó sin dejar de mover su abanico, esperó a que el Capitán Carrillo tomara su asiento y el carruaje empezó su marcha.

- ¡Odio este calor!
- Tómelo con calma señorita, el calor de aquí es muy fuerte, pero es húmedo, en Taxco el calor es más seco.
- ¿Calor seco? - golpeó su abanico contra el asiento - ¡Pardiez! si mi padre me ha dicho que no hay calor en Taxco.
- No se preocupe señorita, todo ha sido habilitado para que no pase estas premuras. La casa de su padre es muy fresca.
- ¡Más le vale capitán!
- Eso suena a una orden señorita.
- Y la es. - se cruzó de brazos - Le tengo que advertir que soy una dama difícil de complacer. Todo debe ser perfecto para que sea feliz.
- ¿Y qué es lo que quiere para que sea feliz?
- Sólo dos cosas muy simples.
- Dígamelas para complacerla.
- Muy bien. Primero necesitaré que usted me ofrezca una buena casa. Y no os diré que sólo con una gran sala, varias habitaciones y un lugar fresco para estar, también le pido… No ¡Os exijo! una biblioteca donde llegarán mis libros de España.
- Mi bella dama, ya me había anticipado a eso. Su padre ya me lo había advertido y la biblioteca de la que será nuestra casa va a ser tan grande como la pide.

La mujer sonrió satisfecha. No había nada como anticiparse a sus caprichos.

- Y la segunda es que no me descuide nunca.
- ¿Por qué habría de descuidarla?
- ¿Cree Capitán que no tengo amigas casadas con militares? Siempre es ver cómo parten ellos y las mujeres quedándose en casa esperando a que sus maridos lleguen mientras se van a burdeles con sus queridas favoritas.
- Señorita, creo que está hablando cosas que una dama no debería...
- Lo que sea Capitán. Vosotros no sabéis lo que es la angustia de no saber si regresan. Y lo peor, es que no conocéis la angustia de saber con cuantas putas se han metido.
- ¡Señorita eso es completamente...!
- ¿Inapropiado? Lo sé, pero se lo advertí desde la primera vez que lo conocí Capitán, y mi padre también lo ha hecho. ¡Usted ha decidido casarse conmigo y esas son las condiciones que pido! Ya sabe, no estamos muy lejos del infierno de Veracruz y aun puedo partir de regreso a mi hogar. ¡Así que usted decide!

La mujer se cruzó de brazos y volteó la mirada a la ventana. El capitán sólo pudo torcer la boca a un lado, suspiró y de inmediato se rio.

- ¡Usted es una completa calamidad!
- ¿Debo tomar eso como algo bueno o malo Capitán?

El capitán tomó la mano de la joven y la besó, puso su mano encima y le sonrió.

- Señorita usted va a recibir todo lo que quiere, es merecedora de todo lo que pueda darle, no importa si es una biblioteca gigante o mi tiempo con usted.
- ¿Está seguro capitán? Porque no quiero llegar a los diez años de matrimonio y estar frustrada porque mi marido no me ha dado lo que quiero.
- Mi bella señorita. Cuando lleguemos a los diez años de matrimonio usted como yo seremos la pareja más feliz de todas.

La mujer elevó una ligera sonrisa y suspiró.

- ¿Lo jura Capitán?
- No tengo que jurarlo. Yo soy un hombre de palabra y honor.
- Entonces confiaré en su palabra Capitán.

Y ya más tranquila la mujer giró su vista a la ventana y al camino selvático que el camino hacia Puebla de los Ángeles le podía mostrar.

El capitán sonrió abiertamente. Él era mucho mayor que ella, las canas ya pintaban su cabello, empero era vigoroso, con la inteligencia y la fuerza de llevar a cabo ese matrimonio que tanto esperaba. Además, era inevitable enamorarse de ella, a pesar de su rebeldía, de sus caprichos y de su forma tan directa de hablar, era una mujer bella como pocas. Algunos decían que se parecía a la mismísima emperatriz Sissi.

El capitán Carrillo no necesito más que de unos minutos para saber que ella sería su esposa, sólo al verla en esa visita a España, supo que no necesitaba encontrar a alguien más. Además siendo socio de su padre en las minas de plata el camino se le hizo más fácil para llegar a Esmeralda.

Ese era su nombre: Esmeralda. Bautizada así gracias al color de sus ojos. Tan verdes, tan profundos y tan místicos como la misma joya.

El capitán Carrillo no había sido el primero en acercarse al padre de Esmeralda para pedir su mano, tantos hombres se habían formado para buscar a la joven como para aliarse con sus minas de plata. Pero el capitán tenía la ventaja de ser mexicano, ser dueño de minas cercanas a las de la familia de Esmeralda además de unas grandes influencias en el circulo político que permitían explotar sin muchas preguntas ni trámites de por medio.

El matrimonio entre Esmeralda y el capitán Carrillo era un negocio redondo el cual ambos sabían y estaban conscientes que disfrutarían. Esmeralda no estaba enamorada del capitán Carrillo, pero eso no le perturbaba, como ya habíamos dicho en un inicio, Esmeralda creía en el romance, pero sabía que ella misma tendría que encontrarlo en el matrimonio que se le había impuesto.

Nada podía fallar para ellos dos. El futuro ya estaba asegurado, la vida cómoda y confortable les estaba esperando en la Ciudad de México.

Desgraciadamente a veces el destino y nuestros planes toman caminos diferentes y nunca avisan a nadie.

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